22-04-2013

Lori Meyers, o “Todas las canciones hablan de mí”

Crónica del concierto que Lori Meyers ofreció en la Sala Apolo de Barcelona el pasado 19 de abril.

Es un viernes primaveral y Lori Meyers están en Barcelona para presentar Impronta, su nuevo disco. Son dos buenas razones para pensar que va a ser una noche muy larga y que vale la pena aprovechar la oferta de “cervezas a 1 euro” de Can Pep antes de meterte en el Apolo, donde te querrán cobrar 4,5€ por un tubo (!!). Así que te tomas un par de botellines preparándote para la sequía y te diriges a la sala de conciertos, que se abarrota por segundos. Queda claro que Lori Meyers tiene tirón, hoy no ha sobrado ni una entrada. ¿Eso será porque son mainstream o porque la gente se lo pasa bien en sus conciertos? ¿Pasarlo bien es poco indie? No sé. Dilemas posturales a parte, esto tiene muy buena pinta.

Salen al escenario con Intromisión, una especie de introducción natural que nos permite ir calentando motores, y que de paso nos pone sobre aviso de que hoy van a sonar canciones de todos los tiempos, empezando por ésta de su segundo álbum, Cronolánea (2008).

La primera de Impronta no tarda en llegar, y la gente reconoce desde las primeras notas ese sonido un poco funky de El Tiempo Pasará. El público se arranca a las palmas y todo es alegría y buen rollo, sonrisas en las caras y ganas de demostrar que aquí todos hemos hecho los deberes, y que aunque el nuevo disco lleva pocas semanas en la calle ya nos las sabemos todas.

Mi amiga y yo nos reímos porque nos parece que “La revolución sexual” de La Casa Azul encaja perfectamente en la entrada de El Tiempo Pasará. 

Esos parecidos poco razonables en la música, como aquél vídeo que circulaba por youtube donde encajaban “I’m your lady” de Céline Dion en “Creep” de Radiohead.

Las dos próximas horas van a ser un ir y venir desde Hostal Pimodán, su primer álbum, hasta Impronta y vuelta hacia atrás. El público entrega las cuerdas vocales en cada tema, enloqueciendo especialmente con los grandes hits de los primeros discos.

Durante algunas canciones especialmente icónicas no puedes resistir la tentación de girarte y mirar a la gente que te rodea. Cantan como si fuera cuestión de vida o muerte. Como si esas canciones, todas y cada una de ellas, estuvieran hechas para reivindicar un momento propio. Como si cada letra fuera un recuerdo. Como si en cada tema todo el público estuviera revelando a gritos uno de tus secretos. Aquél día en que te sentiste débil, enfadado, decepcionado, enamorado, ilusionado, o simplemente demasiado borracho.

A tu alrededor todo es brincar, levantar los brazos, y gritar, gritar sin parar.

Lori Meyers es un grupo de directos. Personalmente creo que en casa he escuchado sus discos lo justo como para poder desgañitarme en los conciertos.

Ha pasado ya más de una hora en el Apolo y nos dan una tregua encadenando “las dos lentas” de su último disco: Deshielo y Despedirse. En un ambiente mucho más silencioso mi amiga y yo escuchamos ambos temas en un dolby sorround distorsionado por culpa de una fan muy fan con voz de pito que canta detrás nuestro.

El receso dura poco y Lori Meyers vuelve a la carga con la traca final, encadenando casi sin intermedio Tokio ya no nos quiere, Alta Fidelidad, Religión, Ahá han vuelto, o Mi Realidad. Los coros de “todo esto es culpa de la gente” y “yo no necesito hablar para expresar una emoción” agujerean las paredes del Apolo.

Termina el concierto y huele a sudor. Mi amiga y yo proponemos que en los gimnasios de la ciudad programen clases de Body Meyers. Sigo sin saber si este grupo se está vendiendo a una corriente menos personal e independiente de su música, pero estoy convencida de que Lori Meyers tiene un espacio propio dentro de lo que debería ser una amplia escala de grises en el panorama alternativo nacional. A quien no le guste el sonido ñoño de sintetizador de sus discos que se acerque a sus conciertos. Se vuelven mucho más guitarreros y desgarrados, aunque Noni ya no se quite la camisa.

 

Sara  Whatever

 

 

 

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